Crónica de la III Cata celebrada en el Eurostars Hotel Real de Santander
El viernes 30 de enero, el Eurostars Hotel Real de Santander volvió a convertirse en un lugar para el encuentro tranquilo. Sin prisas. Sin artificios. Allí se celebró la III Cata de Pan, Aceite, Queso y Vino, una cita que ya empieza a tener algo de ritual: buena mesa, producto con historia y personas que saben contarlo.
Desde el primer momento quedó claro que no iba a ser una cata al uso. Y no lo fue.
El pan como punto de partida
El recorrido comenzó con el pan de LA CRUJIENTE, de la mano de Agustín Martínez. Pan de verdad, con carácter y textura, pensado para acompañar… y también para ser protagonista.
Además de sus elaboraciones, llegaron pequeñas sorpresas que marcaron el tono de la tarde: una pulguita de pollo, una pulguita de jamón serrano y un cruasán salado que demostraron que, cuando el pan es bueno, no necesita mucho más para brillar.
Desde Mallorca: aceite, sal y memoria
El aceite viajó desde Mallorca con OLI CAIMARI, presentado por Silvia Ramón, mallorquina y fundadora y directora general de Living Cantabria. Más que una explicación técnica, fue un relato cercano: del paisaje, de la tradición y del respeto al producto.
Junto al aceite, llegaron los productos de Sal des Trenc y una joya poco habitual en este tipo de encuentros: el Fonoll Marí, un ingrediente que sorprendió (o lo adoran, o lo detestan, pero nadie queda indiferente) y conectó el mar con la mesa. Una demostración clara de que la gastronomía también es cultura compartida.
Quesos de Tresviso, sin concesiones
Desde Tresviso llegó Javier Campo, con dos quesos muy distintos entre sí, capaces de mostrar matices opuestos de un mismo territorio. Intensidad, equilibrio y carácter.
Pero el verdadero silencio de la sala llegó al final, con un queso muy especial que no necesitó explicación larga: bastó probarlo para entender por qué hay productos que se reservan para el cierre.
Vino, orujo y un final inesperado
La parte líquida corrió a cargo de ORULISA, con un vino blanco y un vino tinto (Vicaruela y Querido Toribio) que acompañaron la cata con naturalidad, sin imponerse.
Y cuando parecía que todo estaba dicho, llegaron las sorpresas finales: una crema de orujo y una crema de orujo de café, servidas como quien alarga la conversación después de una buena comida. Sin prisas. Sin protocolo.
Mucho más que una cata
Si algo define estas citas es la generosidad de quienes participan. Gracias a ella, las catas nunca se quedan en pan, aceite, queso y vino. Se convierten en experiencias completas, donde siempre hay un extra inesperado y donde los asistentes se van —literalmente— más que satisfechos.
En esta tercera edición, además, hubo un gesto que empieza a convertirse en tradición. El cierre volvió a llegar de la mano de Agustín Martínez, que reservó una sorpresa final para celebrar el momento compartido: un Roscón de Reyes para cada uno de los comensales. Un detalle sencillo y muy significativo, con el que quiso compartir el reciente reconocimiento de La Crujiente, que obtuvo el 2º puesto en el VIII Campeonato al Mejor Roscón de Reyes de Madrid (2026). Un aplauso espontáneo, sonrisas cómplices y la sensación de estar participando en algo que va más allá del producto.
Planes así encajan con el invierno cántabro: interiores cálidos, buena conversación y producto honesto. Sin alardes. Sin necesidad de grandes excusas.
Solo ganas de sentarse, escuchar y disfrutar.
Y eso, hoy en día, no es poco.
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